Cien años de pibes
Juventud Unida cumple cien años con una camiseta que eligió la calle, cinco estrellas en la Liga Venadense y un clásico que alguna vez partió al pueblo en dos. Es la historia de un club al que casi nadie llegó solo, y que este sábado festeja con Charango en la memoria de todos.
En 1926, en General López al 1050, la peluquería de Ramón Bastino quedaba pegada a la panadería de Romero. Ahí se juntaba un grupo de muchachos de Santa Isabel que tenía entre 17 y 20 años, 22 el más grande. Cuando decidieron fundar un club no buscaron demasiado el nombre: le pusieron el de su edad. El 23 de septiembre de ese año nació el Club Sportivo Juventud Unida. Esta semana cumplió cien años, y se sigue llamando igual.
Los colores salieron de la vereda. Uno de los muchachos propuso un juego: la camiseta iba a imitar a los autos que pasaran frente a ellos. Como toda historia de pueblo, se cuenta con variantes: en una versión fue el primer automóvil que pasó; en otra, los dos primeros. Lo que ninguna discute es el resultado: desde entonces, Juventud es verde con vivos blancos. Hay clubes que eligieron sus colores por una bandera o por un equipo europeo; a este se los eligió la calle.
Al principio no había nada propio. La peluquería de Bastino hizo de primera secretaría, y después la secretaría pasó a lo que había sido la carnicería de Armando Bottacini, en Mitre 1244. Para juntarse, los muchachos usaban la esquina de enfrente de la tienda de "Nisín", en Santa Fe y Mitre. La primera cancha fue un terreno que prestó Antonio Raimondi, donde hoy está el Barrio Fonavi Chico, y la segunda, un lote de Miguel Rueda, donde después se levantaron la escuela 779 y el Jardín 42. Alquilaron sede a la familia Perduca hasta que un día no les renovaron el contrato y tuvieron que salir apurados a buscar otro techo. La cancha propia llegó el 30 de abril de 1944, en un predio que les vendió en condiciones ventajosas Josefina Seligman de Rueda, y por eso el estadio se llama como ella. La sede de San Martín 1040 se inauguró el 20 de septiembre de 1964, con una gran fiesta.
Serafín Armando Rende llegó a Santa Isabel en 1930 y se prometió que la primera camiseta que usara en el pueblo iba a ser para siempre. El día que se acercó al club, dos de los muchachos, Luis Pennacchietti y Pedro Linares, se habían peleado. Emeterio Zárate lo invitó a jugar esa tarde en Villa Cañás, aunque hacía seis meses que no tocaba una pelota. Linares apareció igual, pero el que entró fue Rende. De ahí no se fue más: terminó presidiendo el club durante once años.
Rende también contaba cómo eran los clásicos con General Belgrano, el otro club del pueblo: bravísimos. Los jugadores a veces ni se saludaban, había gente que no pisaba la cancha de enfrente y las peleas llegaban cuando no había alambrado olímpico y el público lo saltaba sin esfuerzo. Aunque perdieran todos los partidos del año, lo que importaba era ganarle a Belgrano. En esa época, decía, el pueblo estaba más dividido que ahora.

Entre todas las estrellas (1932-1933 y 1941 en la Liga Regional del Sud; 1943, 1959, 2012, 2014 y 2021 en la Liga Venadense), la del 59 fue la que más costó. Juventud terminó empatado con San Martín, y el campeón se definió en la cancha de Centenario, en un partido que hubo que jugar tres veces. Fue 1 a 1 en enero de 1960, 4 a 4 en febrero, y recién el 6 de marzo, 3 a 2 para el verde.
Nelso Jurado jugaba en ese equipo. Contaba que su padre era de Juventud y que él, con apenas cuatro años, ya andaba pateando al lado de los jugadores de primera. Gerardo Manccini decía que estaba en el club desde chico porque andaba detrás de su viejo, que había sido de la Comisión toda la vida, y que por eso lo sentía como su casa. Laureano Tombolini agradecía que su abuelo lo hubiera llevado por primera vez. En Juventud casi nadie llegó solo: todos llegaron detrás de alguien.
Tombolini atajaba en Rosario Central cuando, en 2001, contó que lo primero que hacía al terminar cada partido, antes de sacarse la ropa, era llamar para saber cómo había salido Juventud. Se lamentaba de haber tenido pocas oportunidades de jugar en la primera de su club y soñaba con hacerlo alguna vez, cuando terminara su carrera, para sentir desde la cancha el cariño de su gente. Casi veinte años después lo cumplió.
Para entonces, Manccini, "Charango", era el técnico que había marcado una época. Había dirigido la final de 2012, cuando Juventud le ganó a Studebaker ante más de 1.800 personas en el "Josefina", y en 2021 armó el equipo que llegó a la final contra el clásico de toda la vida. En la ida, Juventud le ganó 2 a 1 a Belgrano como visitante, con más de dos mil entradas vendidas. En la vuelta, en casa, lo goleó 3 a 0 con goles de Sebastián Acuña, Martín Isanta y Guido Campagnoli. Tombolini era parte de ese equipo. "Hice muchos kilómetros para jugar acá y me decían que estaba loco. Pero yo quería retirarme campeón con Juventud. Y se cumplió", dijo esa tarde.
El retiro le duró seis meses. Todos los lunes, religiosamente, después de cada partido, hablaba con Charango sobre cómo había jugado el equipo, y en una de esas charlas apareció la pregunta de si quería volver. Volvió, con casi 46 años. El 2023 fue duro: Charango murió al final de ese año, el equipo se desarmó y Juventud terminó jugando la promoción para no descender contra Jorge Newbery de Rufino. La serie se definió por penales, con Tombolini en el arco, y el club se quedó en la A. En diciembre colgó los guantes, esta vez para siempre. Cuando le preguntaron qué iba a extrañar, habló de algo muy simple: viajar en la semana para entrenar y comer con los chicos del plantel.

Nunca fue solo fútbol. En 1967 se abrieron las canchas de bochas, que después dieron campeones de la Asociación Venadense. En 1973, con Francisco Sunde como presidente, nació en el club la escuela de arte folklórico La Marrupeña. A principios de los ochenta, Gerónimo Cencovich empujó la escuela de fútbol, que en 2001 tenía unos setenta chicos de entre 5 y 12 años. Su técnico de entonces, Adalberto Algarbe, notaba el cambio respecto de los tiempos de Rende: los chicos de los distintos clubes ya eran amigos y compartían cosas.
Esta semana, el club abrió los festejos del centenario con un acto que juntó a buena parte de su historia viva: expresidentes, gente de distintas comisiones directivas, referentes de la institución y expresidentes comunales. Hubo discursos, números artísticos y un reconocimiento a los socios y los hinchas que ya no están. El sábado llega la fiesta grande, la cena de los cien años. Será la más grande de la historia del club, y Charango va a estar, como están en un club los que ya no están: en los que aprendieron con él y en la camiseta que defendieron.
De los muchachos de la peluquería de Bastino ya no queda ninguno, y tampoco de muchos de los que vinieron detrás. Pero el nombre que eligieron para hablar de su edad terminó describiendo otra cosa: un club que se renueva cada vez que un chico entra a la cancha de la mano de su padre o de su abuelo. Juventud nunca envejeció porque nunca dejó de llegar gente joven.
Fuentes: Isabelense - Memoria Colectiva Isabelense (Raúl Pellegrini) y la revista "Acercar a la Gente" (2001); Deportivo del Sur; FM Libertad; Comuna de Santa Isabel.
Se escribe caminando: fuimos a buscar la historia de un club y encontramos una costumbre de pueblo: llegar a la cancha detrás de alguien, y un día darse vuelta y ver que alguien viene detrás de uno.
Javier Nieva
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