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Primero fue una ayuda con las compras. Después hubo que ordenar los remedios, acompañarla al médico y llamarla varias veces durante el día. Hasta que apareció una frase que cambia la vida de muchas familias: sola ya no puede quedarse. A partir de ahí, cuidar deja de ser solamente una cuestión de amor. También empieza a ser tiempo, trabajo y plata.

Es una escena que se repite en cualquier barrio de la ciudad. En Barrio Santa Fe, por ejemplo, hay veredas donde alguien mira de reojo, a la hora de la siesta, si en la casa de al lado ya prendieron la luz de la cocina: no por curiosidad, sino porque esa luz significa que la vecina volvió bien del almacén. En la mesa de esa cocina suele haber un pastillero de siete días, marcado con letra grande, y un teléfono que sigue sonando aunque ya no haya nadie del otro lado con ganas de atender.

No ocurre de un día para otro. A veces comienza con una caída o un olvido que preocupa. Otras veces simplemente los años empiezan a hacer difíciles cosas que hasta ayer parecían sencillas: bañarse, cocinar, salir a hacer un trámite, recordar qué pastilla había que tomar.

Al principio la familia se organiza: uno pasa por la mañana, otro deja la comida lista, alguien consigue un turno médico. Un acuerdo silencioso que funciona mientras todos pueden sostenerlo. Hasta que las horas empiezan a no alcanzar y alguien hace la pregunta que nadie tenía ganas de hacer: ¿cómo seguimos?

Ahí aparece una cuenta que pocas familias hicieron antes. Si mamá quiere seguir en su casa, quizás necesite una persona algunas horas; si la dependencia aumenta, esas horas pueden convertirse en atención permanente. También está la posibilidad de una residencia. Detrás de cada alternativa hay un precio, y alguien tiene que encontrar a la persona adecuada y confiarle una casa entera, una vida entera. Si la familia decide hacerse cargo, el costo tampoco desaparece: cambia de forma. Son jornadas que se acomodan, noches sin dormir, hijos que cuidan a sus padres mientras todavía cuidan a los propios.

Durante muchísimo tiempo esa tarea tuvo nombre de mujer. Madres, hijas, hermanas y nueras cuidaron sin que aquello fuera considerado un trabajo. Pero las familias ya no son las mismas: hay menos hijos, más personas viven solas y en muchos hogares todos los adultos trabajan fuera de casa.

General López ya permite ver hacia dónde va esa historia. El Censo 2022 registró 201.574 habitantes en el departamento, y las personas de 65 años y más rondan el 14,7 por ciento de la población: alrededor de uno de cada siete habitantes ya atravesó esa edad.

La cuenta se pone incómoda cuando se ponen dos números uno al lado del otro. Según los valores que actualiza ANSES cada mes, en septiembre de 2026 la jubilación mínima con el bono extraordinario llega a 498.633 pesos. La escala salarial que fija la Comisión Nacional de Trabajo en Casas Particulares, mientras tanto, ubica el sueldo mínimo mensual de una cuidadora con retiro por encima de los 529 mil pesos. Una jubilación mínima completa ya no alcanza para cubrir ese salario, antes incluso de sumar otros costos.

Y esa comparación describe la situación más sencilla. Cuando la persona necesita ocho o veinticuatro horas de compañía, hay que combinar trabajadores, francos y reemplazos: estimaciones con los pisos salariales del sector muestran que una atención domiciliaria las 24 horas puede superar ampliamente los 3 millones de pesos mensuales.

La pregunta deja de ser qué prefiere la familia y pasa a ser qué puede pagar. PAMI tiene un subsidio para auxiliar domiciliario, pero no es automático: hay que pasar por una evaluación social, y como regla no supera la mitad de una jubilación mínima. En Venado Tuerto, además, una regulación municipal ordena las residencias de adultos mayores, pero sus aranceles no aparecen publicados de forma abierta — justo el dato que una familia necesita para decidir.

Hay otra cuenta que ninguna planilla muestra. Si no hay plata para pagar todas las horas necesarias, alguien termina poniendo esas horas: una hija reduce su trabajo, una pareja deja de dormir de corrido, los hermanos se reparten días y noches. El cuidado que no se compra no desaparece: lo absorbe alguien. Y del otro lado hay una trabajadora que vive de cuidar, con salarios mínimos y derechos que la ley reconoce, aunque pensar que puede estar disponible 24 horas porque "vive con la abuela" no resuelve nada: solo traslada el problema a otra persona.

Hay una palabra que suele perderse entre jubilaciones y presupuestos: soledad. No todo viejo que necesita compañía requiere un geriátrico. A veces necesita algo mucho más simple, y mucho más difícil de garantizar: que haya alguien ahí. Como esa luz de cocina en Barrio Santa Fe, que alguien sigue mirando todas las tardes aunque nunca lo cuente.

Hoy hablamos de mamá porque todavía podemos verla del otro lado de la mesa. Mañana la pregunta puede ser por papá, por nuestros abuelos, o por nosotros mismos. Si tenemos suerte vamos a llegar a viejos, pero hay algo que ninguna estadística puede garantizar: que cuando llegue el día en que ya no podamos quedarnos solos, haya alguien que pueda quedarse con nosotros.

Fuentes: ANSES y Ministerio de Capital Humano; Comisión Nacional de Trabajo en Casas Particulares; INDEC, Censo Nacional 2022; Redacción ContraCrisis.

Se escribe caminando: fuimos hasta los números para entender qué esconden. Una jubilación mínima no le alcanza para pagarle a quien cuida a esa misma generación que la construyó. Esa cuenta, tarde o temprano, alguien la paga con su tiempo.

Autor: admin