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Chien Chih-cheng tenía 32 años, era veterinaria y dirigía un refugio de animales en Taoyuan, Taiwán. La ley de su país obligaba a sacrificar a los perros que nadie adoptaba después de unos días en la perrera, y a ella le tocaba cumplirla. Cuando habló en televisión del hacinamiento y de lo que hacía todos los días, la respuesta fue una lluvia de insultos: la trataron de carnicera y de asesina. En 2016, Chien murió por suicidio. Dejó una nota pública en la que pedía que la ley de protección animal cambiara. Casi un año después, Taiwán prohibió sacrificar animales abandonados. Su historia la contó hace pocos días Página12, y en su momento abrió una discusión que ninguna causa sola alcanza a explicar.

En Santa Fe, esa ley que Chien pedía existe desde hace más de diez años. En 2013, la Legislatura aprobó la ley 13.383, que prohíbe al Estado, en todos sus niveles, sacrificar perros y gatos como forma de controlar la población, y declara a la provincia "no eutanásica", es decir, que no mata animales para reducir su número. El único camino permitido es la castración, junto con la vacunación y la educación. Lo que Taiwán discutió después de una muerte, acá ya estaba escrito.

Pero la ley prohíbe matar, no prohíbe abandonar. Y el abandono sigue llegando a algún lado. En Venado Tuerto, uno de esos lugares es el Refugio Canino, que nació en 1974 con la Asociación Venadense Protectora de Animales, un grupo de vecinos que no soportaba ver tantos perros en la calle, y que se instaló definitivamente en 1999. Hoy lo lleva adelante la Fundación Trewa. En su último aniversario contaron que albergan a más de 200 perros y asisten a unos 800 por año. Desde diciembre de 2024, además, el Imusca funciona dentro del Refugio por un convenio con el Municipio, y ahí castra, vacuna y atiende. Son perros que alguien dejó, y que otros levantaron.

Detrás de esos números hay personas. El Refugio lo cuenta en cada historia que publica: voluntarios y veterinarias que curan a los perros que llegan desnutridos o lastimados, socios que ayudan todos los meses, gente que junta alimento y vuelve a su casa con lo que vio. Del desgaste de los rescatistas del sur no hay estudios. De los veterinarios, sí. En Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades encontraron que tienen más riesgo de morir por suicidio que la población general, y que uno de cada seis llegó a pensarlo alguna vez. Los especialistas lo llaman fatiga por compasión: un agotamiento que aparece cuando alguien convive día tras día con el sufrimiento de otros y sigue poniendo el cuerpo.

Cuando se conoció la nueva ley en Taiwán, una compañera de Chien le dijo a una periodista, en la puerta del refugio, que estaba bien, pero que la gente seguía abandonando a sus perros, y que las excusas eran de todo tipo: que el perro era demasiado bravo o demasiado manso, que ladraba mucho o que no ladraba nada. Esa parte de la historia no es de Taiwán. Pasa cada vez que alguien, en cualquier ciudad, decide que un perro ya no le sirve.

Santa Fe hizo lo que le tocaba: sacó al Estado del lugar de matar. Lo que ninguna ley puede hacer es sacar a alguien del lugar de cuidar lo que otros tiraron. Esa tarea la hacen personas con nombre y apellido, casi siempre a pulmón, y casi nunca alguien les pregunta cómo están.

Si vos o alguien cercano está atravesando un momento difícil, podés pedir ayuda: acercate a la guardia de un hospital, llamá al 107 o a la línea gratuita de salud mental 0800-999-0091, las 24 horas, en todo el país.

Fuentes: Página12 (Marisa Avigliano); Ley provincial 13.383 y Decreto 1963/15; Refugio Canino Venado Tuerto - Fundación Trewa; Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. (CDC); El Litoral.

Se escribe caminando: Hay trabajos que no figuran en ningún organigrama. Cuidar lo que otros abandonan es uno de ellos.

Autor: Redacción ContraCrisis