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Aprendí a pelear con mis egos y mis vanidades. No siempre gano, claro. Pero al menos ahora los conozco, sé cuándo aparecen y trato de que no sean ellos los que decidan por mí.

Hubo un tiempo en que creía que para hacer este oficio alcanzaba con mirar mucho. Ya no estoy tan seguro. A veces uno mira tanto lo mismo que termina sin verlo. La realidad se te vuelve paisaje, te acostumbrás, empezás a creer que ya entendiste cómo funciona todo. Y cuando me pasa eso, cuando siento que mis ojos ya no alcanzan, le pido prestados los ojos a mi hija.

Ella ve cosas que yo ya dejé de ver, pregunta por aquello que a mí me parece normal y se sorprende frente a situaciones que yo, después de tantos años, corro el riesgo de aceptar como inevitables. Entonces la escucho. Y muchas veces descubro que el periodista que se supone que debería tener preguntas necesita que alguien le recuerde dónde estaban.

También aprendí a cuidarme de algunas cosas. Nunca envidié a nadie, la verdad, pero tardé bastante más en entender el daño que puede hacer la envidia de los otros cuando uno permite que le entre demasiado cerca. Con los años fui aprendiendo a reconocerla y también a poner distancia. No para vivir desconfiando de todo el mundo, sino para no gastar la vida peleando batallas que no son mías.

A esta altura no tengo demasiadas certezas y quizá eso sea una ventaja. Tengo preguntas, algunas convicciones, muchos errores encima y todavía ganas de meter las patas donde no me llaman. Sé también que alguna vez voy a volver a equivocarme, que el ego va a aparecer de nuevo y que habrá días en que mirar no alcance. De eso sí puedo hacerme cargo.

Lo demás será seguir preguntando. Y cuando crea que ya entendí todo, buscaré a mi hija y le pediré otra vez los ojos prestados.

Javier Nieva
 

Autor: admin