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Hubo un tiempo en que una canción había que esperarla. No estaba a un clic ni se podía volver atrás si uno llegaba tarde. Había que tener un casete puesto, la radio encendida y dos dedos preparados sobre REC y PLAY. El desafío era agarrarla desde el principio, antes de que el locutor hablara encima o decidiera anunciar la hora justo donde empezaba el tema.

Los casetes se grababan y se volvían a grabar. Encima de una canción aparecía otra y, a veces, debajo quedaba un pedacito de la anterior, como una voz que se negaba a desaparecer del todo. Muchos años después entendí que la memoria se parece bastante a eso. Uno cree recordar una canción y aparece una persona.

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A Víctor y Cristina los veo con mandarinas. No necesito hacer demasiado esfuerzo: están ahí, debajo de un árbol, repartiéndose la fruta sin mucha justicia, como se reparten esas cosas entre hermanos. Eran hermanos. Víctor se apellida Heredia, y todavía canta.

Después la historia argentina hizo con ellos algo mucho más brutal que borrar una cinta. Una noche de junio de 1976, golpean la puerta de la casa de Cristina, en Paso del Rey. No hay uniformes, solo hombres de civil. Se la llevan a ella, embarazada de cuatro meses, y a Claudio, su compañero. A la hijita de dos años que tenían, alguien la alcanza por una ventana hacia la casa de al lado antes de irse. Se llama Yamila. Sobrevive. Hoy es actriz y vive en Córdoba. De sus padres nunca se supo nada más.

Hay canciones que quedaron atravesadas para siempre por lo que les pasó a quienes las cantaban.

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La máquina no paraba nunca de moldear plástico, siempre el mismo movimiento. Gustavo Rowek tenía dieciocho años y estaba ahí, queriendo estar en cualquier otro lugar. Años después contaría que duró apenas 21 días en aquella fábrica de coladas de plástico porque hizo de todo para que lo echaran: tiraba bolsas en las máquinas, abandonaba el puesto. Él quería tocar la batería.

Un turno cualquiera, sentado frente a esas máquinas, escribió "Destrucción". No hubo sala de ensayo ni una historia preparada para contar cuarenta años después: hubo un pibe que no quería estar ahí y escribió una canción mientras esperaba que lo echaran. Después V8 la convirtió en una de esas canciones que el heavy argentino hizo suyas, pero antes de todo eso había sido apenas una manera de aguantar un trabajo que Rowek detestaba.

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En Córdoba podía sonar La Mona y alcanzaba con eso. Había noches en las que la música no necesitaba cargar con el país entero sobre los hombros. Servía para bailar, para transpirar, para encontrarse con otros. También eso era parte de la historia, aunque después nos empeñáramos en buscarle una explicación a todo.

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Mercedes fue otra cosa. En 1978 cantaba en el Almacén San José, en La Plata, con las ventanas abiertas para que también entraran los que se habían quedado afuera. Cantaba lo que le pedían, aunque estuviera prohibido. A los palazos entró la policía, la bajó del escenario con la voz todavía en el aire y se llevó, junto a ella, a ciento diecinueve personas que solo habían pagado una entrada para escucharla. "¿Por qué me detienen?", gritó mientras la subían al patrullero. "Solo soy una madre argentina que le canta a su gente." La dejaron libre recién dieciocho horas después. Hubo un tiempo en este país en que sentarse frente a un escenario podía terminar en una comisaría, y cantar lo que a uno le salía del pecho podía costarte la libertad de esa noche.

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Mi viejo me llevó hacia otras historias. Con Atahualpa Yupanqui no me quedó solamente la voz o una guitarra. Me quedó el hombre al que golpearon y le lastimaron la mano derecha durante una detención. Atahualpa tocaba como zurdo. Después volvió a agarrar la guitarra.

También estaba Cafrune, andando caminos y cantando cosas que podían molestar. Y estaba Facundo Cabral, aunque con él la historia terminó saliéndose de cualquier casete.

Con mi hermano fuimos a verlo al teatro. Cuando terminó lo invitamos a cenar. Lo hicimos sin imaginar demasiado qué podía pasar y, para nuestra sorpresa, aceptó. Vino con su representante. La noche terminó con nosotros echados del restaurante. No hace falta reconstruir diálogos que ya no recuerdo: fue una de las noches de mayores enseñanzas de mi vida. Sobrevivió treinta y cinco años a dictaduras enteras, cantando lo que no lo dejaban cantar. En 2011 lo mató, en Guatemala, una bala que ni siquiera era para él.

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A María Elena Walsh no la conocí, pero fue mi mentora igual. Le censuraron tres canciones que parecían inofensivas, para chicos: "El twist del mono liso", "Gilito de Barrio Norte" y, la más increíble de las tres, "La cigarra" — una canción sobre seguir cantando a pesar de todo, prohibida justo por un régimen que no toleraba esa idea. Ella no se calló. En 1979 publicó en Clarín "Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes", comparando la Argentina de la dictadura con un jardín de infantes gobernado por un censor caprichoso. Se lo cobraron: la sacaron de la radio y la televisión oficiales. Pero el texto ya estaba impreso, y de ahí nadie pudo borrarlo. De ella aprendí que la inteligencia, bien afilada, también es una forma de pelea.

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Mi vieja entró por otra puerta. Amaba a Sandro y algo de ese amor me lo pasó sin demasiadas explicaciones. Hice más de cinco horas de cola para ver sus películas en el Gran Rex de Florencio Varela. Después venía la pizza con fainá en Los Angelitos, una de esas pizzerías de la época donde la salida no terminaba cuando se encendían las luces del cine.

También fue ella la que me llevó a ver a Los Pasteles Verdes, en La Tranquera. Tendría unos diez años. Yo ni siquiera sabía que eran peruanos, pero me impactó la voz de Aldo Guibovich y hubo una canción que se me quedó: "Angelitos negros". Del resto del recital podría recuperar poco. Hay, en cambio, una imagen que todavía veo con una claridad absurda después de tantos años: los pantalones blancos de mamá.

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Después empecé a elegir mis propias noches. A los Abuelos de la Nada los fui a ver con Chiche. Él murió joven y hoy, cuando vuelvo a aquella noche, me pasa algo extraño: recuerdo más a Chiche que al recital. Durante años pensé que guardaba canciones. Con el tiempo descubrí que adentro también había guardado gente.

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El cielo se abrió sobre la cancha de Quilmes. Charly estaba presentando Clics modernos y yo había llevado a mi hermano, que tenía nueve años, a su primer recital. No fue llovizna: cayó agua en baldazos y en pocos minutos la cancha era barro. La gente puteaba, empujaba; algunos seguían gritando que tocaran y otros empezaban a buscar la salida.

En medio de ese quilombo yo trataba de cubrir a mi hermano del agua y de los empujones. Charly se fue del escenario y quedaron Pablo Guyot, Willy Iturri y Alfredo Toth. Pasaron más de cuarenta años y de aquella noche todavía me vuelve una canción: "La calle es su lugar".

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Con Spinetta fue distinto. En el cine de Quilmes, a oscuras, Spinetta Jade toca Mondo di Cromo entero, sin apurar una nota. La gente empieza a levantarse de a poco, busca la salida entre las butacas, algunos ni disimulan el bostezo. Yo me quedo clavado en la silla. No entiendo todavía del todo lo que estoy escuchando, pero entiendo que no tengo que entenderlo para saber que es enorme. El Flaco sigue tocando para los que quedamos, como si el cine vacío no cambiara en nada lo que había venido a decir esa noche.

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En alguna parte de esa cinta también quedó "Puerto Pollensa". La escribió Marilina Ross durante el exilio, sobre un amor con otra mujer. Cuando volvió al país, Sandra Mihanovich la escuchó y quiso grabarla — pero Marilina seguía en las listas negras de la dictadura, y su nombre no podía figurar en ningún disco. La salida fue tan simple como absurda: la firmaron con María Celina Parrondo, su nombre de documento. Podían prohibir a Marilina Ross. A la mujer que figuraba en su cédula, no. Con el tiempo se convirtió en un himno, sobre todo para la comunidad lésbica — una canción de amor que encontró su gente mucho antes de que esa gente pudiera nombrarse en voz alta.

Cerca, en esa misma mezcla sin orden, quedó Hermética haciendo suya "Cambalache". El metal nunca fue lo mío — demasiado ruido para mi gusto, casi siempre — pero hubo letras que se me metieron igual, sin que las invitara. Esta era una de ellas: Ricardo Iorio cantando un tango de 1934, escrito por Discépolo cuando él ni había nacido, en un disco que grabaron con apenas 27 horas de estudio pagadas y ninguna canción nueva lista. No hacía falta que me gustara el género para entender lo que estaba pasando ahí: una canción vieja encontrando oídos nuevos, otra vez, como si Discépolo también hubiera dejado algo grabado esperando que alguien apretara REC encima.

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Muchos años después esperé a Miguel Cantilo a la salida de un recital. Esta vez no quería una foto ni un autógrafo. Estaba por ponerle ContraCrisis a un programa de televisión y quería preguntarle si podía usar el nombre de aquel disco que había grabado con Jorge Durietz. Se lo pedí. Cantilo me dio permiso.

El nombre quedó dando vueltas. Pasó por aquel programa de televisión, atravesó años en los que hice otras cosas y un día volvió convertido en esta casa periodística. No lo inventé. Lo había encontrado mucho antes en una canción, en un disco, en una época. Tal vez algunas palabras hacen lo mismo que algunas músicas: esperan.

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Ahora vuelvo a aquella mano sobre los dos botones. El casete ya no existe o debe andar tirado en algún cajón, con la cinta floja y la birome desteñida. Hoy un pibe lleva miles de canciones en el bolsillo, puede saltar de una a otra y no necesita esperar durante horas a que la radio pase justo la que quiere escuchar. Ganó muchísimo. No tendría sentido decir que antes era mejor.

Pero algo quedó de aquella ceremonia. Esperar, reconocer dos notas, correr hasta el grabador, equivocarse, grabar encima de otra cosa y descubrir mucho después que debajo todavía sobrevivía un pedacito de la canción anterior. Quizás por eso esta historia tampoco salió ordenada. Mi viejo quedó cerca de Atahualpa, Cafrune y Cabral; mi vieja apareció entre Sandro, una pizza con fainá y unos pantalones blancos; Chiche se metió entre los Abuelos; mi hermano quedó empapado en Quilmes y yo sigo sentado en aquel cine mientras otros se levantan.

Durante demasiado tiempo hubo quienes se creyeron con derecho a decidir qué voz podía escucharse y cuál debía apagarse. Después volvimos a tener algo elemental y enorme: la posibilidad de que todas esas voces convivieran, incluso cuando no dijeran lo mismo. Unas hablaron del poder, otras del amor, algunas hicieron bailar y otras acompañaron ausencias. Ninguna tenía obligación de parecerse a la siguiente.

Se escribe caminando. Esta historia también se escribió apretando REC a tiempo, aunque recién ahora me doy cuenta. ContraCrisis fue el nombre de una de aquellas grabaciones y terminó siendo también el nombre de esta casa. Es mi casete, y ahora te lo presto: armá el tuyo.

La cinta sigue girando. Mientras podamos elegir qué escuchar, qué cantar, qué discutir, a quién amar y qué decir por cuenta propia, que siga girando así.

Autor: admin