Escuchar artículo

"Vas a terminar en el Cottolengo." En Bosques Norte, un barrio humilde de Florencio Varela donde me crié, esa frase se escuchaba en la cocina, en el patio, en la vereda. Podía venir después de una pelota en el vidrio del vecino, de una contestación de más o de una nota baja en el boletín. Claypole quedaba ahí nomás, y el Cottolengo era eso: un nombre que se decía para asustar. Nadie nos explicaba qué había adentro. No hacía falta. Alcanzaba con saber que era el lugar adonde iban a parar los que nadie quería.

Tardé años en entender que la frase decía mucho más de nosotros que del Cottolengo. Porque ese lugar nunca fue un castigo. Lo fundó un cura italiano, Luis Orione, que el 28 de abril de 1935 puso la piedra fundamental en un campo de Claypole y soñó ahí una ciudad de la caridad. Fue una de las primeras obras del país pensadas para personas con discapacidad, en una época en que la regla era esconderlas. Mientras en los barrios lo usábamos de amenaza, adentro había gente cuidando a los que el resto había dejado afuera.

Hoy viven ahí unas 400 personas, repartidas en 14 casas dentro de un predio de 50 hectáreas. Hay talleres, escuela, deporte y una cocina donde las internas amasan las prepizzas de la cena. Hay un muchacho, Pepe, que recorre el parque en una bicicleta adaptada con un muñeco de Buzz Lightyear, saludando a todo el mundo. Su director, Fernando Montero, le contó a Página12 que el Cottolengo no es una cárcel, ni un psiquiátrico, ni un hospital: es un lugar donde la gente convive, forma parejas, envejece y también muere, y donde el objetivo no es curar sino dar calidad de vida. Lo que nuestros padres nombraban como el final era, para muchos, el primer lugar donde alguien los miró.

El 9 de noviembre, el Papa León XIV va a entrar a ese lugar. Va a llegar por el viejo Camino de Cintura, que ahora se llama avenida Diego Armando Maradona, va a subir al papamóvil sobre la avenida Lacaze y va a escuchar a Marta, una mujer ciega de 78 años que va a hablar en nombre de todos los internos. En su encíclica, el Papa habla de las piedras desechadas: los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños. Habla, dicen en el Cottolengo, contra una cultura del descarte que aparta a los que no producen. Cuando leí eso, pensé en la frase de la cocina. "Vas a terminar en el Cottolengo" era exactamente eso: la idea de que hay vidas que valen menos, dicha entre el mate y la radio como si fuera un chiste.

La visita llega en un momento duro. El director contó que desde noviembre del año pasado no les llega la medicación de Incluir Salud, la obra social estatal para las personas con discapacidad: remedios para convulsiones, para psicosis, pañales, insumos básicos. Y el Cottolengo no es cualquier institución en esta pelea. En 2001 fue el que puso cien sillas de ruedas vacías en la primera marcha de ese tipo, contra el gobierno de Fernando de la Rúa, porque nadie más podía aportarlas. Veinticinco años después, las sillas siguen haciendo falta.

Esto no pasa solo en Claypole. La obra de Don Orione tiene Cottolengos en todo el país, y dos quedan en Santa Fe: uno en Rosario y otro en General Lagos. En Venado Tuerto, este año, se advirtió que Bitácora, una institución que trabaja con personas con discapacidad, atravesaba dificultades parecidas a las de los centros que ya habían cerrado por falta de pagos de Nación. No hace falta ir hasta el conurbano para encontrar lugares donde se cuida a los que nadie quiere ver. Están acá, a la vuelta, y tampoco los conocemos. Y seguramente en Venado, en Firmat o en Rufino también había una frase para asustar a los chicos. ¿Cuál era la de acá? ¿Adónde nos mandaban a nosotros cuando nos portábamos mal?

Me hago cargo de haber escuchado esa frase tantas veces sin preguntar nada. Supongo que muchos de mi generación pueden decir lo mismo. Nuestros padres no eran malas personas; repetían lo que les habían enseñado. Pero las palabras enseñan, y esa enseñó a tener miedo de los que son distintos. En noviembre, cuando la foto del Papa en el Cottolengo recorra el mundo, quizás podamos mirarla sin miedo y darle a esa frase otro sentido. Porque si terminar en el Cottolengo significa aprender a cuidar a los que el mundo descarta, ojalá termináramos todos un poco ahí.

Fuentes: Página12 (Matías Ferrari); Obra Don Orione Argentina; Fundación Konex; La Nación.

Se escribe caminando: fuimos detrás de una frase de la infancia y encontramos un lugar que siempre estuvo del otro lado del miedo.

Autor: admin