Ya no le preguntan por 1976: le piden sobrevivir
Pablo Díaz sobrevivió a la Noche de los Lápices hace cincuenta años. Hoy, cuando entra a las escuelas, los adolescentes ya no le preguntan por la dictadura: le hablan de suicidio, pobreza y abandono escolar.
En una escuela de Florencio Varela que lleva el nombre de María Claudia Falcone, un grupo de chicas prende velas frente a una especie de altar. Pablo Díaz les pregunta qué le piden. La respuesta no necesita clase de historia: piden sobrevivir.
Entra a las escuelas con una historia de hace cincuenta años, y los pibes le devuelven preguntas de hoy. Ya no quieren saber solamente qué pasó en septiembre de 1976, quién militaba, cómo fueron los secuestros o qué significaba pelear por el boleto estudiantil. Le hablan de compañeros que dejan la escuela, de desigualdad, de soledad, de suicidio.
El 16 de septiembre de 1976 comenzó en La Plata un operativo represivo contra estudiantes secundarios; otros secuestros ocurrieron en los días siguientes y a Pablo lo capturaron el 21. Los llevaron a centros clandestinos, los torturaron, y seis de sus compañeros siguen desaparecidos. La Comisión Provincial por la Memoria advierte que reducir esa historia a la pelea por el boleto deja afuera la militancia política y social de esos adolescentes, y el contexto represivo que los perseguía.
Según cuenta Pablo, la militancia estudiantil platense había nacido un par de años antes, cuando empezaron a llegar familias migrantes de Paraguay, Bolivia y Perú a los asentamientos de la periferia. Los chicos de las escuelas urbanas se ofrecieron a alfabetizar a esos vecinos y descubrieron algo que no conocían de cerca: padres que no sabían leer, casas de piso de tierra, siete personas durmiendo en una pieza. Esa vergüenza frente a la pobreza, para él, fue el origen de los valores esenciales de la militancia.
Medio siglo lleva contando esa historia, y ahora mira otra cosa. En una entrevista con Caras y Caretas cuenta que las charlas con estudiantes ya no giran tanto alrededor de los años setenta ni de la militancia partidaria. Los chicos llevan esa memoria hacia su propia vida. Y cuando los escucha, aparecen dos juventudes que parecen vivir en países distintos: una con familia que puede sostener varios años de universidad, otra en los barrios pobres del conurbano preguntándose si va a terminar la secundaria.
Una de esas escenas ocurrió en una cárcel de Marcos Paz. Invitaron a Pablo a hablar con jóvenes que estaban terminando la primaria, y que habían visto la película sobre la Noche de los Lápices. Llegó el momento de las preguntas y un chico que venía de un instituto de menores levantó la mano. No preguntó por las torturas ni por la represión. Quiso saber si Pablo extrañaba a Claudia Falcone. Pablo todavía piensa esa pregunta desde otro lugar: ese pibe había encontrado en la historia algo que sentía que nunca tuvo.
Por eso, cuando vuelve sobre la pelea por el boleto, tampoco acepta que se la trate como una reivindicación menor. Detrás había una razón concreta: viajar también costaba, y para algunos compañeros ese gasto podía significar dejar la escuela. Pablo lo compara con Uruguay, donde en agosto de 1968 una manifestación por el boleto estudiantil terminó con la represión matando a Líber Arce, y nadie discute hoy que esa muerte tuviera peso político. "Peleamos por el boleto por ser militantes de la vida", dice. El boleto era una parte de una vida mucho más grande.
También cuenta que se enamoró de Claudia en un campo de concentración, y que ahí encontró parte de una vida bella en medio del horror. Es lo que sigue sosteniendo frente a los discursos de odio de hoy: cree en una libertad colectiva, la de querer que los propios abuelos y padres sean felices, más que en una libertad individual que para él, dice, es no querer a nadie.
Cincuenta años después, Pablo sigue entrando a las escuelas con Claudia Falcone y sus compañeros a cuestas. No encuentra a esos adolescentes repetidos en los de ahora, ni lo busca. Encuentra otras vidas, otros miedos, otras desigualdades. Y escucha.
Fuentes: Caras y Caretas; Comisión Provincial por la Memoria; Redacción ContraCrisis.
Se escribe caminando: fuimos a ver qué le preguntan hoy a un sobreviviente. La respuesta no quedó encerrada en el pasado. Mientras les pedimos a los pibes que recuerden lo que ocurrió en 1976, quizá también haya que preguntarnos cuánto sabemos nosotros de lo que les está pasando ahora.
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