Fiado
Cuando la plata no alcanza, las mujeres no solo ponen las horas que faltan: también ponen su nombre en la deuda. El primer banco del barrio sigue siendo la libreta del almacén, y la cuenta la llevan ellas.
En cualquier almacén de barrio del sur hay una libreta debajo del mostrador. Tiene las tapas gastadas, alguna mancha de aceite y una lista de nombres con números al costado. El almacenero sabe de memoria quién paga a fin de mes y quién va a tardar un poco más. Cuando alguien dice “anotámelo”, lo dice bajito, para que no escuche el que espera atrás. Se paga cuando sale una changa o cuando cae la asignación. Si uno se toma el trabajo de mirar esas libretas, la mayoría de los nombres son de mujeres.
Los números ayudan a entender por qué. Según el INDEC, más del 40% de los hogares del país tiene a una mujer como jefa, y cuando hay un solo adulto a cargo de los chicos, en más de ocho de cada diez casos esa persona es una mujer. Son las mismas que, como contamos hace unos días en ContraCrisis, cobran menos por su trabajo y le dedican casi tres horas más por día a la casa y al cuidado, gratis. Con el sueldo corto y sin horas de sobra, pedir prestado deja de ser una opción y pasa a ser la única salida.
Lo curioso es lo que pasa cuando piden. Un informe de la CEPAL que se llama “Endeudarse para cuidar” muestra que las mujeres cumplen mejor con sus pagos que los varones y caen menos en mora. Aun así, los bancos les prestan menos plata y les cobran más intereses. El resultado es fácil de imaginar: terminan en el prestamista del barrio, en la tarjeta que les presta un amigo o en el fiado. El mismo trabajo cuenta que apenas el 36% de las madres que crían solas a sus hijos recibe la cuota alimentaria todos los meses.
En agosto, el Observatorio de Mujeres de Mumalá y el ISEPCI encuestaron a mujeres de todo el país. El 63% estaba endeudada, casi todas con más de un acreedor. Lo que compraron con esa plata fue comida, la boleta de la luz y, muchas veces, los intereses de una deuda anterior. El 65% dejó de comprar carne, y en el 42% de los hogares alguien se salteó una comida porque no alcanzaba. Según las investigadoras, cuando hay que recortar, las primeras en dejar de comer son ellas, para que a los chicos no les falte el plato.
El estrés también aparece en la encuesta: el 83% dijo que duerme mal por las deudas, y la gran mayoría habló de dolores de cabeza y tensión. Las organizaciones de los barrios agregan algo que no entra en un porcentaje, que es la vergüenza. Muchas mujeres no le cuentan a nadie que están atrasadas, y algunas viven pendientes del celular porque el que les prestó sabe dónde viven y a qué escuela van sus hijos. Una trabajadora de casas particulares, madre de cinco, le contó a Tiempo Argentino que pasó noches sin dormir pensando de dónde sacar para la comida, y que pudo seguir gracias a que el almacén de su barrio le fía.
Con esta nota se completa algo que venimos contando en partes: las horas de trabajo que nadie paga, el cuidado que casi siempre recae en una mujer y ahora la deuda que se firma para que la casa siga andando. No tenemos todavía datos propios del sur. No sabemos cuántas familias de Venado o de los pueblos viven del fiado, ni cuántas mujeres le deben a un prestamista. Lo que sí sabemos es que cualquier almacenero de barrio tiene una idea bastante más precisa que la de un banco.
En otros lugares del país, las mujeres empezaron a juntarse para hablar del tema. En Lomas de Zamora funcionan redes comunitarias que acompañan a familias endeudadas, y en varias localidades se reúne un grupo llamado Endeudadxs Organizados, que propone hablar de las deudas en voz alta y dejar de cargarlas en silencio. Ellas mismas aclaran que eso no reemplaza lo que tendría que hacer el Estado. Mientras tanto, si alguien quiere saber cómo está el sur de verdad, puede empezar por preguntar en el almacén de la esquina cuántas hojas lleva la libreta.
Fuentes: INDEC (dossier del Día Internacional de la Mujer, marzo de 2026); CEPAL (“Endeudarse para cuidar: género y desigualdad en la Argentina”); Observatorio de Mujeres de Mumalá e ISEPCI; Tiempo Argentino (Laura Pomillo).
Se escribe caminando: en el barrio, la economía real no cotiza en bolsa. Se anota con birome, en una libreta del almacén.
Redacción ContraCrisis
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