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Anoche se nos fue el capitán, y no hay manera de decirlo sin que se haga un nudo en la garganta. El Monumental lleno, con más de 80 mil almas cantando su nombre, y nosotros en casa, en la radio, en el bar de la esquina, con los ojos vidriosos como cuando éramos chicos y el fútbol era lo único que importaba. Pero no fue la despedida lo que me dejó sin aire. Fue una foto.

Un hombre de espaldas, con una bandera sobre los hombros, y Messi con la cara pegada a su hombro y una mano en su espalda. Alrededor, chicos que miran sin entender del todo y entendiendo todo. Ese hombre es Fabio Santana, veterano de Malvinas y, para mí, un héroe. Le tocó cantar el himno, y lo cantó con la bandera encima: "Las Malvinas son argentinas", con letras negras, de trazo grueso, como se escriben las cosas que no se negocian.

Recuerdo muy bien el 82. Los que fueron a Malvinas eran chicos de 18 y 19 años, de mi edad más o menos, mandados a una guerra que se perdió pero que nunca se terminó de cerrar. Cuando veo a un veterano con esa bandera no veo una pancarta. Veo a un pibe de entonces que volvió, y veo a todos los que nos quedamos en deuda con ellos.

Esa bandera no es nueva. Es la misma del Mundial, la del partido con Inglaterra, y yo lo chequeé: es esa. Entonces entró escondida entre la ropa de un hincha, y se habló de una multa de 10.000 dólares por mostrarla. Anoche no la escondió nadie: la llevó un veterano, a la vista de todos, en una ceremonia pensada para Messi, y los jugadores y Lionel Scaloni posaron junto a ella frente a las cámaras.

No me quedó ningún diario sin leer, de acá y de gran parte del mundo. Acá se escribió sobre la emoción. En Inglaterra un diario la llamó "pancarta provocadora", dijo que alimenta la rivalidad con ellos y advirtió que la Selección podría enfrentar otra investigación de la FIFA. Hasta ahora no hay sanción ni expediente abierto. Y yo me pregunto, en voz alta, qué provoca exactamente una bandera que dice que unas islas son nuestras: si es el reclamo, o que todavía haya alguien que se lo diga al mundo en medio de una fiesta.

Messi se fue después de aguantarlo todo. Lo putearon cuando perdía, lo dudaron, le reprocharon que no era Diego, y él, callado, siguió. Lloró en Nueva Jersey, dijo que se iba y volvió, porque el amor por la celeste y blanca le pudo más. Se despidió en un año que le pegó fuerte, con su viejo Jorge ausente de la tribuna, el que lo llevó de la mano desde Grandoli. Me gusta pensar que anoche lo buscó con la mirada entre la gente, y que en ese abrazo con Santana sabía muy bien lo que estaba abrazando.

Gracias, Leo, por cada gambeta que nos hizo gritar y por enseñarnos que se puede caer y volver a levantarse. Gracias, Fabio, por cantar el himno y ver que la bandera no estaba en el discurso de nadie, estaba sobre los hombros de un hombre que cantaba. 

Estoy orgulloso de ser argentino.

 

Autor: Por Javier Nieva