La pobreza también se paga con horas
Hay mujeres que trabajan ocho horas y llegan a casa a trabajar otras seis. Otras no pueden aceptar un empleo porque alguien tiene que quedarse con los chicos, acompañar a la abuela o cuidar a una persona con discapacidad. Esas horas no aparecen en el recibo de sueldo, pero sin ellas buena parte del país no podría levantarse mañana.
Hay casas donde el despertador no marca el comienzo del trabajo, porque el trabajo ya empezó antes. Hay que preparar algo para desayunar, despertar a los chicos, encontrar una media que desapareció, dejar comida adelantada, controlar un remedio y ver cómo se acomoda el día si alguien se enferma. Después vendrá el empleo, si lo hay: la changa, unas horas limpiando casas, el negocio, la escuela o lo que toque. Y después, otra vez la casa.
Durante años a todo eso le pusimos nombres lindos: ser buena madre, buena hija, buena esposa, estar pendiente, darse maña, hacer rendir, cuidar a los suyos. Y hay amor, por supuesto que lo hay. Pero mientras nosotros lo llamábamos amor, alguien estaba trabajando.
Ese trabajo tiene números. En la jornada que se cobra, las mujeres ganan menos: según el último informe del INDEC, en el segundo trimestre de 2026 los varones promediaron $1.280.538 por su trabajo principal y las mujeres, $943.439. Puesto sobre la mesa de la cocina, por cada 100 pesos que se lleva un varón, una mujer se lleva 74; es como cobrar el mes con casi ocho días menos de sueldo. En la jornada que no se cobra, la cuenta se da vuelta. La última Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del INDEC, de 2021, mostró que las mujeres le dedican 6 horas y 31 minutos por día al trabajo doméstico y de cuidado, y los varones, 3 horas y 40 minutos. Son casi tres horas más por día, unas veinte por semana: media jornada laboral extra, todas las semanas, gratis.
La Argentina hizo una vez la cuenta grande, y el resultado fue descomunal. Según un informe del Ministerio de Economía, en 2022 se dedicaban en el país 146,1 millones de horas por día al trabajo doméstico y de cuidados sin remuneración. Cuando se le puso un valor, equivalía al 16,8% del PBI, y era la actividad que más aportaba a la economía, por encima del comercio y de la industria. Nueve de cada diez mujeres hacían esas tareas.
Pero nadie se sienta a cenar hablando del PBI. En una casa la cuenta es otra: quién se queda mañana con el nene porque no hay clases, quién lleva al abuelo al médico, quién puede faltar al trabajo, quién consigue el turno, quién cocina si ya no alcanza para comprar hecho, quién acompaña a una persona con discapacidad. Y cuando la respuesta empieza a repetirse, casi siempre aparece un nombre de mujer.
Ahí la pobreza deja de ser solamente plata. Porque cuando una familia pierde ingresos, no desaparecen las cosas que necesita. Hay que seguir comiendo, cuidándose, yendo a la escuela, tomando remedios y acompañando a quienes no pueden solos. Lo que antes podía resolverse pagando empieza a resolverse poniendo tiempo, y ese tiempo sale de algún lado: de un trabajo que no se toma, de horas que no se cobran, de un descanso que desaparece o de una noche que se hace más corta.
En la ciudad de Santa Fe hay una imagen que lo cuenta mejor que cualquier definición. A fines de 2024, un relevamiento de la campaña Santa Fe Sin Hambre en comedores y merenderos encontró que el 75% de quienes iban a retirar comida eran mujeres, y que, entre ellas, el 27% decía tener trabajo, pero apenas el 3% estaba registrado. Este año, el mismo grupo volvió a medir: el 65% de quienes retiran la comida son mujeres, el 90% de quienes sostienen los comedores todos los días también, y el 75% de las mujeres dijo hacerse cargo de todas o casi todas las tareas de cuidado de su casa. Trabajar, conseguir comida y llevarla a casa para otros no son mundos separados. Forman parte del mismo día.
Eso también pasa cuando una mujer deja de buscar empleo porque no tiene con quién dejar a sus hijos. O cuando acepta solamente trabajos de pocas horas porque cuida a su madre, como contamos en ContraCrisis en "La jubilación que no le gana a la cuidadora". O cuando una jubilada termina sosteniendo nietos mientras sus hijos trabajan. No hace falta convertirlas en heroínas para entenderlo; alcanza con preguntarse qué pasaría en esas casas si mañana ellas dijeran: hoy no puedo.
En Venado Tuerto, el diagnóstico del Plan Estratégico Participativo lo puso en números, a partir de una encuesta de la Dirección de Empleo de la Municipalidad de julio de 2021. La tasa de actividad de las mujeres era del 50%, contra el 66% de los varones. Y entre quienes son jefes de hogar, la distancia crecía: 80% en los varones, 57% en las mujeres, 23 puntos de diferencia. El mismo documento señala que la precarización laboral de las jefas de hogar es mayor y la relaciona con la carga de las tareas de cuidado que recae sobre ellas. El problema, entonces, no vive solamente en un informe de Naciones Unidas ni ocurre lejos del sur santafesino. Está también acá, aunque muchas veces no lo llamemos por su nombre.
Hay una expresión para todo esto: feminización de la pobreza. Suena a palabra de congreso, de especialista o de informe con gráficos. Pero lo que intenta contar, como explicó hace pocos días la periodista Flora Robles en Página12, es bastante menos elegante: una crisis no pesa igual sobre todos cuando unos pueden disponer de su tiempo y otros tienen que usarlo para sostener la vida de los demás.
Quizás por eso medir solamente cuánto dinero entra a una casa nunca termine de contar toda la pobreza que hay adentro. Habría que preguntar también quién comió último, quién dejó un trabajo, quién no pudo agarrar más horas, quién acompañó al hospital, quién buscó las raciones y quién estuvo despierta cuando los demás finalmente se fueron a dormir. Entonces aparecería una economía que casi nunca sale en las pizarras. No tiene dólar, riesgo país ni cotización de cierre, pero abre todos los días antes que los bancos y sigue funcionando mucho después de que bajan las persianas.
Y probablemente descubriríamos algo que en muchos barrios saben desde siempre: cuando la plata se termina, alguien pone las horas que faltan. Y demasiadas veces esas horas tienen nombre de mujer.
Fuentes: INDEC (Evolución de la distribución del ingreso, segundo trimestre de 2026; Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2021); Ministerio de Economía de la Nación (El aporte de los cuidados al PBI, 2022); Santa Fe Sin Hambre; Municipalidad de Venado Tuerto (Plan Estratégico Participativo, documento diagnóstico; Encuesta de Empleo de la Dirección de Empleo, 2021); Página12 (Flora Robles).
Se escribe caminando: ninguna boleta de sueldo trae las horas que se trabajan después de volver a casa. Por eso hay que contarlas.
Redacción ContraCrisis.
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