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Todo barrio tiene uno. Es el que opina de la vereda rota del vecino sin haber barrido nunca la suya, y sabe exactamente por qué la de enfrente no llega a fin de mes aunque jamás le preguntó nada. Los diccionarios lo registran como un argentinismo: tilingo, el insustancial, el que habla muchas tonterías. Arturo Jauretche le agregó lo que le faltaba. Para él, el tilingo es el que mira su país con ojos prestados, se avergüenza de lo propio y, cuando habla de la pobreza, le echa la culpa a los pobres. Lo escribió hace más de medio siglo, y si hoy caminara por el sur santafesino se encontraría con el mismo personaje, con otro traje, sentado en un despacho.

Esta columna va para ellos, para los que gobiernan desde la foto. Los conocemos de las campañas: bajan del auto en la esquina del barrio, prueban el mate que les ofrece la señora del kiosco, se sacan una foto con los pibes de la canchita y se suben otra vez antes de que alguien les cuente que la luz de esa esquina hace meses que no anda. Jauretche se reía del estanciero que se creía productor porque tenía botas de polo y daba una vuelta por el campo cada quince días. Con la ciudad pasa algo parecido: la visitan cuando hay elecciones, y el resto del tiempo la miran por el vidrio.

La tilinguería de hoy también se nota en lo que se calla. En María Teresa, veinte mujeres de los pueblos de la zona se recibieron de enfermeras sin tener que irse de su casa. Este año había quince anotadas para empezar, y se quedaron esperando una inscripción que la Provincia no abrió. Nadie, en ningún despacho, salió a explicar públicamente por qué. El presidente comunal mandó seis cartas preguntando qué habían hecho sus representantes, y según cuenta él, la senadora del departamento nunca le contestó. El tilingo cree que callarse lo deja por encima de la discusión, y no se da cuenta de que en un pueblo el silencio de un funcionario se comenta en la panadería y en la puerta de la escuela.

Otra de sus mañas es cuidar la palabra más que el problema. Se busca el término más suave para no decir que el hospital no da más, mientras en la sala de espera cada vez hay más gente que llega sin obra social. Se tienen, desde hace años, ordenanzas de acceso a la información, y aun así nadie encuentra publicado cuántos empleados y contratados tiene hoy el Municipio ni a quién se le paga cada obra. Y se pide terminar con los “procesos fundacionales” en una ciudad donde la oposición tiene que ir a la mesa de entradas para preguntar con qué plata se rompió una calle del centro.

El tilingo más peligroso, igual, es el que mira la pobreza desde arriba. Ese llama “posibles terroristas” a personas que fueron rechazadas en la frontera por un papel, promete desde la Torre Eiffel el mejor año de la historia y, cuando se entera de que alguien no llega a fin de mes, sospecha que no se esforzó lo suficiente. Que se lo explique a la mujer que sale a limpiar casas a las siete de la mañana, vuelve a la tarde y todavía tiene que cocinar, lavar y revisar los cuadernos de los chicos. En este país las mujeres ganan un 26% menos y trabajan casi tres horas más por día en su casa sin cobrar un peso. Jauretche señalaba con el dedo justamente a ese que confunde la pobreza con un defecto del pobre, y no con el resultado de decisiones que toman otros. A veces, los que toman esas decisiones son ustedes.

Me hago cargo de una parte, porque los medios tampoco estamos limpios. Hay tilinguería en el micrófono que lee el comunicado como si fuera una noticia, y en el periodista que vive de la pauta oficial y por eso se guarda la pregunta que incomoda. Lo sé porque hace muchos años que estoy en este oficio, y porque cada vez que me siento a escribir me pregunto si estoy mirando la ciudad desde la vereda o desde el despacho.

La tilinguería no es de un solo partido. Aparece en todos, y se la reconoce por el mismo gesto: hablar de la gente sin haberla escuchado. Para curarse no hace falta leer ningún manual. Alcanza con bajarse del auto una cuadra antes, caminar el barrio sin fotógrafo, mostrar los números aunque no convengan y contestar las cartas que llegan. Parece poco, y es justamente el trabajo por el que les pagamos.

Fuentes: Arturo Jauretche (El medio pelo en la sociedad argentina y Manual de zonceras argentinas); Comuna de María Teresa (cartas abiertas de Gonzalo Goyechea); INDEC; Digesto Municipal de Venado Tuerto; notas de ContraCrisis.

Autor: Por Javier Nieva