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Todos conocemos al tío del asado. El que, entre el chorizo y el vacío, larga el chiste sobre “esos”, y la mesa se ríe un poco por compromiso y otro poco para no discutir. El tío no le pegó nunca a nadie. Pero el sobrino de quince años, que estaba ahí con el celular, aprendió esa tarde algo que no estaba en el menú: que de “esos” se puede uno reír, y que al que se ríe no le pasa nada. La violencia nunca empieza con el palo. Empieza en una mesa así, y después busca por dónde salir.

En Palermo salió la madrugada del lunes 2 de noviembre. Eran entre 50 y 60 pibes en bicicleta. Primero se burlaron de las mujeres trans que trabajan en el parque; cuando ellas se defendieron con palabras, volvieron con palos y con un cono de tránsito para pegarle a una en plena avenida. Lo filmaron y lo subieron a las redes con una leyenda burlona y emojis de risa, como quien comparte el gol del domingo. La politóloga y abogada trans Gabriela Ivy siguió el rastro de las cuentas: el ataque estaba organizado de antemano, y el video empezó a circular desde perfiles que se presentan como libertarios y que lo festejaban. Cuando Ivy habló con una bicicletería ligada a los atacantes, la respuesta fue un clásico nacional: “Yo no tengo nada en contra, soy padre de tres hijas”. Las hijas, siempre a mano, como el cono.

¿Y la policía? Según contó Página12, llegó cuando todo había terminado, porque los efectivos de la zona estaban muy ocupados deteniendo a dos vendedores de paltas. Hay que entenderlos: la palta es un peligro, avanza sin control por las veredas porteñas y no respeta ni el precio del dólar. Mientras tanto, a pocos metros, medio centenar de pibes cazaba personas con palos. Así son las prioridades de la seguridad en tiempos de libertad.

Por estos mismos días, en La Granja, un pueblo de Córdoba de esos que se parecen tanto a los nuestros, un comerciante bajó de su auto, sacó un machete y le pegó una y otra vez a Nicolás, que estaba sentado en el suyo. Nicolás y su pareja, Juan, tienen un local de comidas en el pueblo. Juan contó en Cadena 3 que hacía dos años que ese vecino y su hijo los hostigaban en la calle y en las redes, y que decía que había que matarlos y que tenían que desaparecer del pueblo. A Nicolás lo salvó el grosor de la campera. En algunos portales, mientras tanto, lo de Palermo aparecía como una “pelea de fisuras”, que es la manera elegante de decir que a la víctima, en el fondo, algo le habrá pasado por andar ahí.

Que nadie me venga con que son casos aislados. Pasan en un país donde el Presidente se subió al escenario del Foro de Davos, una reunión de los empresarios más ricos del mundo en Suiza, y en enero del año pasado vinculó la homosexualidad con el abuso de chicos, delante de todos y sin que se le moviera un pelo. Donde el Gobierno cerró el INADI, que era la oficina adonde ir cuando te discriminaban, porque parece que discriminar ya no es un problema sino una opinión. Cuando pasó lo de Barracas lo dije en su momento, y lo repito ahora: un hombre prendió fuego a cuatro mujeres lesbianas en la pieza de una pensión, tres murieron, y el vocero de entonces se negó a llamarlo crimen de odio, como si hubiera sido un malentendido. Así se baja línea en la Argentina de hoy, sin necesidad de decretos: con un discurso en Suiza y con palabras que nadie en el Gobierno se anima a pronunciar. Los palos y el machete los pusieron ellos; el permiso vino de bastante más arriba.

Y que no me digan que esto es cosa de Buenos Aires. La Granja es un pueblo chico, donde todos se conocen y el que agrede es el comerciante de al lado. En los pueblos del sur santafesino también hay pibas trans que tuvieron que irse a la ciudad para poder vivir tranquilas, y pibes que no le cuentan a nadie lo que sienten porque escucharon, en el asado del domingo, lo que el tío dice de los que son como ellos. Ahora, además, el chiste llega por el grupo de WhatsApp de la familia, reenviado con tres emojis de risa, y llega con el sello de que desde arriba también se dice.

A los que gobiernan les toca hacerse cargo de lo que dicen, aunque ya sabemos que no lo van a hacer, porque para eso inventaron la “batalla cultural”, que es el nombre elegante que le ponen a la pelea contra todo el que no piensa como ellos. A los demás nos toca algo más chico y bastante más incómodo: dejar de reírnos del chiste del tío, no reenviar el video y decir en voz alta, en la mesa y en el grupo, que lo de Palermo no fue una pelea de la noche ni una cosa de locos, sino odio con nombre propio. A las mujeres de Palermo, y a Nicolás y a Juan, desde el sur: no están solas, no están solos.

Fuentes: Página12 (Martín Villagarcía); Gabriela Ivy; Cadena 3; Fiscalía de Instrucción de Jesús María.

Autor: Por Javier Nieva