Nadie me saca charla
Doña Retruco repasa la semana: el silencio del Presidente por Brasil, el noviazgo a escondidas con el Pullaro, la vuelta del Poroto y lo que escribió el Chiarella sobre la soledad, que en la parada del colectivo se entiende mejor.
Esta columna es de humor y sátira. Los hechos son ciertos, los chequeó mi nieto; las opiniones son mías, y el que se ofenda, que se queje al gallo.
Ganó el Lula en Brasil, y el Presidente, que una semana antes había jurado en Estados Unidos que lo sacaban a patadas, se quedó mudo. Él, que escribe en mayúsculas hasta la lista del súper. De la Casa Rosada salió una sola frase: “se tomó nota del resultado”. Como la del almacén, con la diferencia de que ella, cuando anota, después cobra. Y no lo felicitó por una pelea de 2023. ¡De 2023! Mi cuñada me tiene rencor por una fuente de Pyrex, y por lo menos en Navidad me pasa la ensalada rusa.
El que perdió, el Bolsonaro hijo, el martes ya estaba en Estados Unidos con toda la familia. ¿Y por dónde salió? Por acá nomás: cruzó a Iguazú y se subió a un avión privado en Puerto Iguazú. ¡Por las cataratas, che! Ahora los diputados le piden al canciller que explique cómo fue, y la Justicia investiga si alguien le dio una mano. En Misiones también pidieron informes, y los libertarios votaron que no. No acuso a nadie, eh. Pero cuando en mi casa alguien se come las facturas y nadie quiere que se pregunte, ya sé quién tiene azúcar en el bigote. Y eso que el Presidente le había prometido la victoria: lo único que ganó el amigo fue un pasaje.
Lo de la moneda de internet es una novela de la tarde. El viernes pasado el juez dijo que el Presidente y la hermana estaban limpios, él lo festejó en una fiesta en el puerto, y esta semana los fiscales apelaron para abrir todo de nuevo. Me pasa con el guardapolvo del nieto: lo cuelgo blanquito, y a los dos días la mancha volvió. Yo no digo nada, eh, que después me mandan al abogado. Pero cuando una mancha vuelve sola, es que nunca se fue.
El Presidente vuelve a España, y ya van ocho viajes. Hace dos semanas lo insultó al Sánchez, el de allá, y ahora va como el yerno que vuelve a lo de la suegra después de la pelea: cara de nada y un paquete de facturas en la mano. Ocho viajes, che. A este paso el Sánchez le va a cobrar expensas.
Y el chisme de la semana viene de la provincia. Dice un diario porteño que el Gobierno y el Pullaro estarían por arreglar en noviembre: el Pullaro apoya sacar las PASO, y a cambio los libertarios le ponen en Santa Fe un candidato “de baja intensidad”, que no le complique la reelección. ¡De baja intensidad! Como la lamparita del pasillo, que la tengo para no tropezarme, pero no alumbra nada. Y el Pullaro no se pelea más con el Presidente: se guarda nomás la queja por las rutas. Ahora entiendo por qué hace dos semanas sus dos diputados no se sentaron a dar quórum. No llegaban tarde: estaban practicando. En mi barrio a eso le decimos noviazgo a escondidas: en la vereda no se saludan, pero el domingo comen juntos.
Y el rum rum de la semana en el barrio: vuelve el Poroto. Dicen que para el Día de la Lealtad los peronistas de Venado le pidieron que se ponga al frente otra vez. “José, siempre José”. La del almacén me lo contó bajito, mientras me anotaba la yerba, y la vecina de enfrente ya lo sabía desde el martes, que esa se entera antes que los interesados. Dicen también que en la Muni el ruido se escuchó fuerte, que hay más de uno mirando por la ventana a ver si llueve. Yo no sé si vuelve o no vuelve. Lo que sé es que doce años estuvo el Poroto, siete lleva el Chiarella, y el colectivo sigue sin pasar por mi esquina. Uno no pintaba los cordones y el otro los pinta de lindo color. El colectivo, querido, no pasó con ninguno de los dos.
Y hablando del colectivo, el señor de Movilidad Urbana hizo una encuesta para preguntar por dónde queremos que pase. ¡Por la parada, querido, que para eso está! Siete años de gobierno, y recién ahora se acordaron de preguntar. Encima armaron unos talleres para pensar el colectivo, y más de la mitad de los que fueron no se suben nunca. Los que lo tomamos no pudimos ir. Estábamos esperando el colectivo.
El Chiarella, esta semana, escribió en su muro un textito larguísimo sobre la soledad. Que estamos más conectados que nunca y más solos, que para muchos la fila del banco es la única charla del día. Me hizo llorar, porque es cierto: hay días que la única que me habla es la cajera, y me habla para decirme que vuelva el martes. Dice que vayamos a los talleres municipales, que uno va por una actividad y vuelve con una amistad. Hermoso. Yo ya hice una amistad en la parada del colectivo, con la señora del 900: nos conocimos esperando y ya somos íntimas, llevamos tres inviernos. La otra amiga la hice en la fila de la salita, a las cinco de la mañana, que era la única forma de conseguir turno. Charlamos de los nietos, de la presión, del frío. Cuando abrieron, el turno no salió, pero la amistad sí. A otra vecina le cerraron la salita del Santa Rosa nueve meses por arreglos, y ahí sí, qué soledad: una puerta cerrada no te saca charla ni aunque le toques el timbre.
El Chiarella termina su textito pidiendo que, si alguien te saca charla en la fila del súper, te quedes un ratito. ¿Un ratito, querido? Yo en las filas me quedo horas, si no hay otra. Charla nos sobra. El que no llega nunca es el colectivo. Igual lo espero en la parada, Chiarella, con el termo lleno. Si viene el colectivo, me subo. Si viene usted, le convido un mate y le cuento de la soledad, que de eso en el barrio sabemos un montón.
Doña Retruco
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